lunes, 27 de enero de 2014

Camino a Astaná



Antes de la caída del bloque soviético en Kazajstán mucha gente vivía del caviar. Hubo una vez un mar de agua dulce que los rusos drenaron para regar los huertos de algodones. En las estepas, sólo aire; y si acaso una fila de camellos que rodea un cementerio de barcos durante el trayecto. Un pez yace en un estanque artificial. Un experto en caviar ha inventado una trampa: cada cierto periodo se saca al pez del agua para que respire. Su sólo fin será crecer para ser despojado de sus entrañas a mitad del sueño. Cerca hay un pueblo que solía ser de pescadores. Un tren que partió media hora antes se detiene en un borde de la estepa. El viento cubre el paisaje e inventa nuevos puntos cardinales. Hay cosas que nunca se esconden como la sal o los restos del sol en una tarde árida. A esta hora el pez se ha extinto en un río imaginario junto con su estirpe. Los barcos echan raíces aéreas como las rocas que nadie se atreve a mover porque guardan la memoria del agua.