miércoles, 20 de agosto de 2014

Madagascar

¿Recuerdas la vez que me dijiste el sabor
del baobab te recordaba al perfume?
Que bebiera lentamente de su jugo y sintiera su sabor posterior.
No conocía entonces a nadie que dictara cátedras sobre meteoritos;
y para ser honesta nunca pensé que
el espacio tuviera algo más que polvo.
Suena melancólico, lo sé,
pero en toda la quietud reside un poder de destrucción.
Pasamos horas sentados mirando nuestros rostros,
con el rigor de quienes hacen ciencia.
Después abriste el periódico y te lamentaste
por la muerte de los tiburones porque impacta diez veces más
al ecosistema que la de los mamíferos marinos.
Te escuché atenta pensando secretamente si debía sentir tristeza,
y bebí del árbol,
saboreando el perfume como un capricho del hallazgo.

lunes, 27 de enero de 2014

Camino a Astaná



Antes de la caída del bloque soviético en Kazajstán mucha gente vivía del caviar. Hubo una vez un mar de agua dulce que los rusos drenaron para regar los huertos de algodones. En las estepas, sólo aire; y si acaso una fila de camellos que rodea un cementerio de barcos durante el trayecto. Un pez yace en un estanque artificial. Un experto en caviar ha inventado una trampa: cada cierto periodo se saca al pez del agua para que respire. Su sólo fin será crecer para ser despojado de sus entrañas a mitad del sueño. Cerca hay un pueblo que solía ser de pescadores. Un tren que partió media hora antes se detiene en un borde de la estepa. El viento cubre el paisaje e inventa nuevos puntos cardinales. Hay cosas que nunca se esconden como la sal o los restos del sol en una tarde árida. A esta hora el pez se ha extinto en un río imaginario junto con su estirpe. Los barcos echan raíces aéreas como las rocas que nadie se atreve a mover porque guardan la memoria del agua.