Me gustaría pensar que mi amor por esas tierras míticas tiene que ver con la herencia de mis abuelos, mi lengua materna, o porque alguna vez a la deriva del Danubio me rescataron como a Moisés y me cultivaron en otra tierra.
Tal vez fue Montana, la mamá de Ana, que con sus tetas arrugadas en los baños de mujeres, quejándose a perpetuidad de los mexicanos, despertó mi curiosidad sobre el origen de su país, un país en el que quizás todo estaba resuelto. Era su pálido cuerpo que difuminaba lo rubio de sus vellos lo que me conmovía, pues parecía un girasol a la deriva, solitario, entre tantos cuerpos tostados, en especial el de mi madre.
Recuerdo una fotografía en la enciclopedia que, religiosamente, compraba mi papá domingo a domingo. Fue esa imagen, la que atesoro en lo más celoso de mi memoria, la que permitió que el anhelo de conocer a esas mujeres sentadas frente a una barda con su hermosa "buama" entrara en mi corazón y lo hiciera latir pronunciando una palabra: Rumania.
Tal vez fue Montana, la mamá de Ana, que con sus tetas arrugadas en los baños de mujeres, quejándose a perpetuidad de los mexicanos, despertó mi curiosidad sobre el origen de su país, un país en el que quizás todo estaba resuelto. Era su pálido cuerpo que difuminaba lo rubio de sus vellos lo que me conmovía, pues parecía un girasol a la deriva, solitario, entre tantos cuerpos tostados, en especial el de mi madre.
Recuerdo una fotografía en la enciclopedia que, religiosamente, compraba mi papá domingo a domingo. Fue esa imagen, la que atesoro en lo más celoso de mi memoria, la que permitió que el anhelo de conocer a esas mujeres sentadas frente a una barda con su hermosa "buama" entrara en mi corazón y lo hiciera latir pronunciando una palabra: Rumania.