Me da miedo que la gente olvide mi nombre,
por eso lo guardo celosamente.
Hay moscos en las gritas de la pared,
el ruido del ventilador no me deja pensar
y culpo a mi madre de todas las tragedias del mundo.
Llevo días sumando muertos
me tortura pensar en quién les abrirá la puerta
cuando toquen el timbre.
He llorado con tantos extraños
que aún no encuentro la forma de recuperar mi tristeza.
Te regalo las llaves de las cosas sin futuro,
el olor a pólvora y esas manchas que me escandalizan.
Algo le falta a la tarde
y me asomo a la ventana para esperar un milagro.
Me detengo a pensar en los días perdidos
o las mentiras de la escuela:
que el aire no pesa, que todo florece en primavera
y que sólo los huesos se pueden fracturar.
La tarde es un cascarón que no se rompe.
A esta hora mi cuerpo todo y nada.
Allá en el jardín,
los niños recogen ese grito