viernes, 24 de julio de 2009

El Payaso de los ojos tristes

Ximena y yo conseguimos sentarnos frente a frente para platicar. No recuerdo qué vagón del metro era, ni cuantas estaciones nos robó ese instante, lo que sí recuerdo es que llovía y que pasaban de las seis de la tarde.

Subió al vagón y distrajo nuestra atención, pero ella y yo no dijimos nada sobre aquel acontecimiento. Pensé que se dirigía a su casa después de una larga jornada callejera; en realidad no lo pensé, lo asumí, como asumo tantas otras cosas. Su aspecto estaba envuelto en un saco viejo de cuadros, una blusa blanca y parda, y unas sandalias ridículas que en época de lluvia no lograrían surcar las aguas torrenciales de la avenida. Mis ojos lo condenaron como alguna vez Cervantes al Quijote con pluma en mano: “El caballero de la triste figura”. Pero en esta ocasión no se trataba de un caballero, sino de un payaso que no tenía por Sancho más a que a una opaca y roja nariz, y cuyos ojos daban más tristeza que su lánguida sombra.

Llovía. Por alguna razón siempre llueve de regreso. Seguimos hablando del día, del trabajo y de cómo pudo haber perdido ella uno de sus zapatos en el transborde en Tacubaya. Una mujer conciliaba el sueño a mi lado y dos niños jugaban a ser mayores o a estar embarazados ocupando uno de los asientos reservados. Mi paraguas arrojaba las últimas gotas de lluvia contenidas del cielo de Av. Juárez.

Un cascabel. Dos cascabeles. El sonido de un círculo de fierro contra los tubos laterales emitía un sonido disfrazado de cascabel. Se paralizó el tiempo. Tres cascabeles y comenzamos.

Nada por aquí, nada por allá. Sin emitir una sola palabra el Payaso dejó claro que el espectáculo estaba a punto de empezar. Nadie hablaba. Atención absoluta.

Una pelota redonda, más redonda que su nariz, apareció en su mano izquierda y comenzó a deslizarla entre sus dedos. Y como por arte de magia se multiplicó como se multiplicaron alguna vez los panes. Silencio total.

Una cuerda. Unas tijeras. Un niño. Una cuerda cortada por las tijeras que tomó el niño. Una cuerda. Un pantalón. Una bolsa. La misma cuerda cortada por las tijeras que tomó el niño salió entera de una bolsa del pantalón del Payaso, deslizándose ad infinitum sobre su mano. Asombro total entre los espectadores.

Irrumpieron aplausos. Nadie se atrevió a restarle solemnidad al acto. Sus ojos dibujaron una sonrisa franca mientras salía un breve “gracias” de entre los orificios de su boca. Yo saqué una moneda, me embargaba una emoción que no sentía desde niña y se acercó a mí para recolectarla. Lo que me dijo, tan pronto lo encuentre en mi memoria, lo guardaré para siempre como el recuerdo que evoca de un buen libro. Pero ese acto, el último, aquel que no estaba en su registro, sucumbió todo mi cuerpo. Su gratitud me dolió. Fue un duro golpe, directo y contundente, que penetró mi corazón al digerir de manera tan atroz algo tan simple.

Recorrió el vagón y al son de los aplausos recogió otras monedas y regresó a mí y a ella. Nada por aquí, nada por allá. Nos enseñó un dado y al sacudirlo sumó todos los números posibles arrojando únicamente un enorme punto que simbolizaba el número que contenía al universo, UNO. Magia, Magia.

Me dolió como duele una inyección prolongada de suero, de vitaminas, como le duele a un lobo aullar a la luz de la luna, o como le duele la pasividad del mar a un intrépido marinero. Me duele como duele recordar lo que se siente recibir alegría y recuperar la capacidad de asombro en esta caótica ciudad en la que ya nada es nuevo, en la que todo ha sido visto, en la que todo parece estar escrito. De todas esas formas me dolió, lo que dijo, lo que no recuerdo, todo ese dolor sumado, como lo hizo su dado, lo sentí recorrer mi cuerpo.

Lo miré y me miró. Me embargó la tristeza y registré más agua que el piso que sujetaba mi paraguas. Me sonrió y dejó caer sus párpados entristeciendo nuevamente sus ojos. Caminó a la puerta. Seguía lloviendo, pero él traía unas sandalias mágicas listas para surcar las torrenciales aguas de esa y cualquier avenida.