miércoles, 8 de mayo de 2013

Bahía amarilla



 Cientos de cerdos fueron hallados en un río.
Su muerte podría hacer desaparecer a la especie.
Uno de ellos soñaba que anidaba en los árboles
y se alimentaba de bromelias etéreas como alcachofas.
Se cree que los granjeros los tiraron al Huangpu
para llenar su cauce de manteca y nutrir a los pobladores.
Hoy el río tiñe de rojo la cicatriz de la ciudad.

miércoles, 20 de febrero de 2013

El premio mayor


Aunque lo tenía prohibido, de niña veía muchas telenovelas. Creo que gracias a eso llevo en la sangre el gen del drama y la teatralidad. Mi relación con el dinero se resume en esto: no me gustaba que mi mamá me dijera que no tenía dinero cuando le pedía dulces al salir de la escuela. Gracias a mi talento telenovelero, inmediatamente relacionaba esta carencia con el origen humilde de cualquiera de las Marías de Thalía, en especial María Mercedes, personaje que, como pocos, marcó mi vida. Así que cada vez que mi madre me decía que “No” para que evitara la ingesta de azúcares procesados porque en mi historial médico tengo dos abuelos diabéticos, disfrazado de un “No tengo dinero”, sufría silenciosamente por el destino que le deparaba a mi familia.

Mi madre guardaba una caja con morralla en un cajón de su recámara. Cuando quería ir a comprar dulces prohibidos a la tiendita del fraccionamiento tomaba dinero sin que ella me viera. Era un robo, lo sabía, pero poco a poco me fui haciendo a la idea de que ardería en el infierno, ya que unos días antes de hacer mi primera comunión vi una foto de Brad Pitt desnudo en la revista people. No me confesé por terror a que el padre Lauro le fuera a decir a mi mamá, así que desde entonces lo sabía, estaba condenada.

Estudié en una escuela de Legionarios de Cristo, lo que ilustra muy bien la forma en que para mí se relacionan dinero y religión. Además de la colegiatura, siempre nos pedían colaboraciones para cualquier cantidad de imprevistos. No sé cómo estará hoy el mercado de transacciones con la devaluada imagen de nuestro padre fundador, pero una práctica recurrente en el nombre de Dios era que los padres pagaran una cuota para limpiar los  pecados de sus hijas con sus semejantes, y que las semejantes afectadas ofrecieran su sufrimiento a Cristo. Mi padre guarda todos los  recibos de colegiatura desde que iba en el Kindergarten, cree ilusamente que se los voy a pagar. Hay una cosa que no le he podido perdonar, después de todo lo que pagó por mi educación, ¿por qué no ahorró lo suficiente para comprar la pureza de mi alma?


Ya cuando iba en la secundaria, contesté una llamada de un ejecutivo de cierto banco que hablaba para cobrarle miles de pesos a mi papá. El tono de su voz era peor que el de Torquemada, lo supongo. Me angustió tanto pensar que mi papá debiera tanto dinero que nuevamente regresaron a mí las imágenes de María Mercedes o María la del Barrio trabajando, eso sí  a mucha honra, en los cruceros pidiendo dinero. Al día siguiente tenía examen de matemáticas y no me podía concentrar, ¿de qué chingados me servía el álgebra si no encontraba una forma matemática para ayudar a multiplicar el dinero como Cristo lo hizo con los panes y así salvar a mi familia de la miseria? Mi padre vendió un coche y asunto arreglado. Nunca hemos hablado del asunto porque cualquier tema de deudas, que no es lo mismo que de dinero, incomoda a mi papá.

Aunque hace 5 años que trabajo y no me puedo quejar de lo que gano, siempre he fantaseado con sacarme la lotería. He soñado tantas veces con el premio mayor, que si éste fuera de 100 millones de pesos le daría el 20% a cada miembro de mi familia, es decir 20 millones a mi papá, 20 millones a mi mamá y 20 millones a mi hermana, lógicamente que yo me quedaría con el resto del dinero, ¿que por qué? pues  porque yo me los gané y punto.

No suscribo la frase de que el dinero no compra la felicidad porque una vez, mientras veía un programa de  televisión con mis abuelos, un reportero de espectáculos habló del juicio de divorcio de Lucía Méndez y el dinero que le había logrado sacar a su ahora ex esposo. La cifra me escandalizó y les dije, ¿cuánto dinero necesita la gente para ser feliz?, yo les dije que con mucho menos me conformaba. La semana siguiente mi madre me dio una servilleta enrollada que me mandaba mi abuelo. Cuando le pregunté a él que por qué había hecho eso me respondió: “Tú dijiste que con eso serías feliz y por sobre todas las cosas yo quiero que lo seas”.