Aunque lo tenía prohibido, de niña
veía muchas telenovelas. Creo que
gracias a eso llevo en la sangre el gen
del drama y la teatralidad. Mi relación con el dinero se resume en esto: no me
gustaba que mi mamá me dijera que no tenía dinero cuando le pedía dulces al
salir de la escuela. Gracias a mi talento telenovelero, inmediatamente relacionaba
esta carencia con el origen humilde de cualquiera de las Marías de Thalía, en
especial María Mercedes, personaje que, como pocos, marcó mi vida. Así que cada
vez que mi madre me decía que “No” para que evitara la ingesta de azúcares
procesados porque en mi historial médico tengo dos abuelos diabéticos,
disfrazado de un “No tengo dinero”, sufría silenciosamente por el destino que
le deparaba a mi familia.
Mi madre guardaba una caja con
morralla en un cajón de su recámara. Cuando quería ir a comprar dulces
prohibidos a la tiendita del fraccionamiento tomaba dinero sin que ella me viera.
Era un robo, lo sabía, pero poco a poco me fui haciendo a la idea de que
ardería en el infierno, ya que unos días antes de hacer mi primera comunión vi
una foto de Brad Pitt desnudo en la revista people.
No me confesé por terror a que el padre Lauro le fuera a decir a mi
mamá, así que desde entonces lo sabía, estaba
condenada.
Estudié en una escuela de
Legionarios de Cristo, lo que ilustra muy bien la forma en que para mí se
relacionan dinero y religión. Además de la colegiatura, siempre nos pedían
colaboraciones para cualquier cantidad de imprevistos. No sé cómo estará hoy el
mercado de transacciones con la devaluada imagen de nuestro padre fundador, pero
una práctica recurrente en el nombre de Dios era que los padres pagaran una
cuota para limpiar los pecados de sus
hijas con sus semejantes, y que las semejantes afectadas ofrecieran su
sufrimiento a Cristo. Mi padre guarda todos los recibos de colegiatura desde que iba en el Kindergarten, cree ilusamente que se los
voy a pagar. Hay una cosa que no le he podido perdonar, después de todo lo que
pagó por mi educación, ¿por qué no ahorró lo suficiente para comprar la pureza
de mi alma?
Ya cuando iba en la secundaria, contesté
una llamada de un ejecutivo de cierto banco que hablaba para cobrarle miles de
pesos a mi papá. El tono de su voz era peor que el de Torquemada, lo supongo.
Me angustió tanto pensar que mi papá debiera tanto dinero que nuevamente
regresaron a mí las imágenes de María Mercedes o María la del Barrio trabajando,
eso sí a mucha honra, en los cruceros
pidiendo dinero. Al día siguiente tenía examen de matemáticas y no me podía
concentrar, ¿de qué chingados me servía el álgebra si no encontraba una forma
matemática para ayudar a multiplicar el dinero como Cristo lo hizo con los
panes y así salvar a mi familia de la miseria? Mi padre vendió un coche y
asunto arreglado. Nunca hemos hablado del asunto porque cualquier tema de
deudas, que no es lo mismo que de dinero, incomoda a mi papá.
Aunque hace 5 años que trabajo y no
me puedo quejar de lo que gano, siempre he fantaseado con sacarme la lotería.
He soñado tantas veces con el premio mayor, que si éste fuera de 100 millones
de pesos le daría el 20% a cada miembro de mi familia, es decir 20 millones a
mi papá, 20 millones a mi mamá y 20 millones a mi hermana, lógicamente que yo
me quedaría con el resto del dinero, ¿que por qué? pues porque yo me los gané y punto.
No suscribo la frase de que el
dinero no compra la felicidad porque una vez, mientras veía un programa de televisión con mis abuelos, un reportero de
espectáculos habló del juicio de divorcio de Lucía Méndez y el dinero que le
había logrado sacar a su ahora ex esposo. La cifra me escandalizó y les dije, ¿cuánto
dinero necesita la gente para ser feliz?, yo les dije que con mucho menos me
conformaba. La semana siguiente mi madre me dio una servilleta enrollada que me
mandaba mi abuelo. Cuando le pregunté a él que por qué había hecho eso me
respondió: “Tú dijiste que con eso serías feliz y por sobre todas las cosas yo
quiero que lo seas”.